RECIBIRÁN MI FUERZA Y SERÁN MIS TESTIGOS.

 

RECIBIRAN LA FUERZA DEL ESPIRITU

 

Celebramos que Jesús asciende al cielo y nos envía con la fuerza de su espíritu, a ser y hacer discípulos, a ser buena noticia, a enseñar a otros lo que de Él hemos aprendido.  Como El, nosotros hemos nacido para el cielo, nuestro fin último no está en el mundo, en el saber, en el poder, en el placer, ni en el tener, sino en lo eterno, en lo que no acaba, lo que no pasa nunca. Ese cielo se conquista, se alcanza, ya desde aquí. No mirando hacia el cielo sino ocupándonos de la tierra, de la realidad del mundo teniendo claro nuestro fin. Dice en la Palabra: Galileos, ¿qué hacen plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado y llevado al cielo, volverá como lo han visto marcharse. Ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo y serán mis testigos hasta el confín de la tierra. La vida en la tierra se ha de vivir con los pies en el suelo y el corazón en el cielo. Es en el suelo, en la vida diaria, donde se nos envía a conquistar el cielo, a ser testigos con la fuerza del Espíritu, de todo lo aprendido, de todo lo vivido. Hubiese sido inútil la entrega de Jesús y su resurrección, si los discípulos se hubiesen quedado mirando el cielo. Ellos comprendieron que un día el maestro volvería a buscarles, y que el cielo dependía de haber hecho lo que tenían que hacer y de vivir a plenitud lo que podríamos llamar el “onceavo mandamiento”, el mandamiento misionero: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautícenlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enséñenles a guardar lo que han aprendido. ¿Qué significa bautizar de esta manera y además enseñarles?, es hacerles hijos de Dios, es capacitarles para la santidad de vida como la de Cristo, es hacerles templo del Espíritu y hacerles Iglesia. Partiendo del sacramento enseñar a creer, a amar, y a vivir. Eso se hace en la cotidianidad, eso se enseña en la vida misma,  “Por atracción y no por proselitismo”,  lo que atrae y enseña con más fuerza es la propia vida. Los discípulos lo comprendieron y se hicieron testigos con la vida de todo cuanto creían y se hicieron poseedores desde ya del cielo prometido. Por eso la misión que nos ha encomendado Jesús no es opcional, es un mandato, enviados a ser testigos con la Palabra y la Vida, y desde la misma vida conquistar el cielo para sí mismo y para muchos. Dice la Palabra: Los que enseñaron brillarán como el esplendor del firmamento; los que guiaron a muchos por el buen camino, resplandecerán como las estrellas por toda la eternidad. Es una llamada a descubrir que mi eternidad dependerá de mi respuesta a este mandato de ser en el mundo testigo del amor, de la verdad, del evangelio, de la vida de Jesús y su enseñanza. De haber hecho lo que tenía que hacer, amar como tenía que amar, vivir como tenía que vivir, y enseñar todo lo que Él me ha enseñado.

 

SUMARIO:

Y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos. (Mateo, 28,20)

 

PARA LA REFLEXION

Como los discípulos ¿estoy plantado mirando al cielo viviendo una fe estática o estoy viviendo el anuncio con la Palabra y la Vida de lo que Jesús nos ha enseñado con su vida y su Palabra?