PORQUE DIOS NO MANDO A SU HIJO PARA JUZGARNOS

 

El evangelio de este domingo, día de la Santísima Trinidad, nos hace un declaración de amor única e irremplazable: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no muera ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida”. Desde antiguo Dios ha ido acercándose de mil maneras a la humanidad, y después de enviar a  tantos como dice el evangelio: les envió a su hijo, diciéndose: A mi hijo lo respetarán. Quiso entonces Dios mostrar su amor y revelar su verdadero rostro y por amor se agacho, el misterio trinitario desde siempre guardado se reveló en Jesús, quien se hizo reflejo de la ternura incomparable de Dios. Un padre, o una madre, mide casi 1.80, el hijo quizás medio metro. Desde tan alto el padre apenas puede tomar de la mano, proteger. Pero para ver el rostro cara a cara… se baja, se pone en cuclillas y se hace tan pequeño como su pequeño. Así es más fácil mirarse, reconocerse y entenderse. Algo así pudo pensar el Padre cuando decidió enviar a su Hijo. Y así revestido de humanidad, tocando barro, el Padre podrá ser reconocido y abrazado por sus hijos con mucha más facilidad. Al menos no habrá problemas de altura ni de distancia. De esta forma la Palabra de amor, existente junto a Dios antes del principio, puso su tienda a la altura de las tiendas de los hombres. El Padre acampó en medio de sus hijos. Así comenzó una etapa nueva en la que el amor paternal de Dios y su ternura maternal nos fueron revelados, tanto Jesús como el Espíritu Santo consolador, que ha venido a quedarse para siempre en nuestra interioridad. El Dios de la misericordia el Dios cercano, el Dios del amor que aunque tiene cien ovejas busca la perdida… Un espera a sus dos hijos… El Padre sigue siendo siempre fiel a si mismo y tiene, hoy también, cien ovejas y dos hijos; y lo más importante de todo es que Dios sigue siendo el Padre que espera y abraza y el pastor que se echa al campo aunque ya es de noche. Y en cualquier caso el final inevitable como Buena Noticia: la alegría de la vuelta con la oveja al hombro y la fiesta con el hijo recobrado. El Padre nos abrió la casa, nos cubrió de dones, nos adornó con las mejores gracias e hizo de nuestra vida su morada por el santo Espíritu. Y ese amor hoy lo celebramos. El Dios que nos habita, que nos espera: “años y años esperándote llevo. Una vez y otra vez en esta espera granó la espiga y floreció el almendro. Y una vez y otra vez por si venías me asomé por las tardes al sendero. Y sin embargo seguiré esperando. Y todavía mientras que te espero, cuidaré que haya estrellas en tus noches y luz en tus auroras y flores en tu huerto”.(Patxi Loidi). La espera de Dios desde dentro, mientras nosotros vivimos por fuera, esa casa del Padre que no es un lugar sino que es nuestro corazón y donde anhela decirnos siempre: Hijo te esperaba.

 

 

SUMARIO

El Señor pasó ante él, proclamando: Dios es compasivo y misericordioso, lento a la ira, rico en clemencia y leal.

 

REFLEXION:

¿Quién es Dios para mi?, ¿Cuando me acerco a Dios, más allá de la teoría, siento que Dios me espera para abrazarme, amarme,  cuidarme, sanarme o creo que Dios me va a castigar a juzgar?.