HOMILÍA CON OCASIÓN DEL INICIO DE LA MISIÓN ENCOMENDADA COMO ADMINISTRADOR APOSTÓLICO DE LA ARQUIDIOCESIS DE BARQUISIMETO

SANTUARIO DE LA DIVINA PASTORA 20 DE OCTUBRE DE 2018

Permítanme queridos hermanos. Saludar al Vicario General de la Arquidiócesis de Barquisimeto padre Owaldo Araque, al Vicario General de la Diócesis de San Feipe p. Angel Romero. A los miembros del Colegio de Consultores, a los vicarios episcopales y a los arciprestes de las distintas zonas pastorales en las que está organizada la Arquidiócesis de Barquisimeto. A los sacerdotes del clero barquisimetano. A los señores diáconos permanentes y a sus familias, así como también a los diáconos transitorios cuya pronta ordenación sacerdotal será motivo de gran alegría para esta Iglesia Arquidiocesana. A todos desde ya les extiendo mi abrazo paternal y fraterno y les invito a que con alegría y en clima de profunda fe y cercanía mutua, trabajemos juntos en la construcción del Reino en esta tierra bendecida por Dios. Saludo también a los sacerdotes y diáconos de otras Iglesias locales presentes Les saludo a ustedes hermanas y hermanos miembros de las comunidades religiosas y sociedades de vida apostólica que presentes en la Arquidiócesis de Barquisimeto ofrecen a todo este pueblo el testimonio de su amor, santidad y apostolado. Saludo también a los formadores del Seminario Divina Pastora y Juan Pablo II, así como también a los seminaristas y jóvenes que este año han iniciado el curso propedéutico. Saludo a todos los agentes de pastoral y miembros de los movimientos de apostolado seglar así como a todos ustedes hermanos y hermanas en la fe, que han venido esta mañana desde sus hogares y comunidades parroquiales a acompañarnos en el poner en las manos de la Divina Pastora de las Almas, Madre del Buen Pastor y madre de los larenses, este servicio que el Santo Padre me ha confiado al nombrarme Administrador Apostólico de esta Iglesia Arquidiocesana. Mi pensamiento va también al encuentro de Mons. Antonio López Castillo, Arzobispo de esta Iglesia. Ante esta amada Madre que con su tierna mirada nos cobija, ponemos su vida y pedimos por su total y pronta recuperación.   LA PALABRA PROCLAMADA La liturgia de la Palabra que hemos escuchado, nos presenta en primer lugar el inicio de la Carta que el apóstol San Pablo dirige a los Efesios. Se trata de una carta que según la mayoría de los exegetas, muy probablemente fue escrita en el transcurso de su primera cautividad en Roma en torno al año 63 d.C. Más que ser una carta dirigida a la comunidad cristiana de Éfeso, es un escrito que tiene por reales destinatarios, a todos los miembros de las comunidades cristianas de su tiempo y particularmente a las procedentes del mundo pagano, de entre las cuales es icónica la comunidad de Éfeso. Con ella, Pablo busca fortalecer la fe de los creyentes –también la nuestra en el hoy de nuestra vida- invitándoles a tener presentes como elementos fundamentales de la misma:

  1. La supremacía universal de Cristo salvador, resucitado con la fuerza del Padre y sentado a su derecha, en quien todas las cosas, las del cielo y de la tierra se recapitulan y bajo cuyos pies todas se encuentran;
  2. Que Cristo resucitado, ha sido constituido también por el Padre Eterno, cabeza de la Iglesia que es su cuerpo y del cual en virtud de su misterio pascual hemos sido llamados a formar

Así, partiendo de la segunda afirmación, el gran apóstol de los gentiles, nos invita a ver la Iglesia, no como un producto contingente de la historia, sino como un proyecto y una realidad que hunde sus raíces en la mente del Creador y en el corazón del Redentor del mundo. De ese proyecto y de esa realidad, el hombre, de quien Dios, como dice el salmista: “siempre se acuerda”, es invitado a tomar parte mediante la vida en el Espíritu. La pertenencia a la Iglesia Cuya cabeza es Cristo, nos exige por tanto – y ahora de acuerdo con el Evangelista Lucas que escuchamos también en el contexto de esta liturgia-, reconocer abiertamente a Jesucristo y su supremacía en medio de los hombres entre quienes estamos llamados a ser sus testigos y a quienes debemos proponer sus caminos. En esto último, debemos jugarnos la vida presente, sabiendo que también en ello nos jugamos la eternidad, pues a quien reconozca abiertamente a Jesús ante los hombres en esta vida, él le reconocerá abiertamente en la eternidad ante los ángeles de Dios y, a quien le niegue es esta vida, él le negará en la eternidad. En el proponer a Cristo, en el hablar en su nombre, en el asumir sus actitudes y en el cumplimiento de las misiones que nos confíe a lo largo de la vida -como nos lo advierte el mismo Señor en el Evangelio-, contamos con la asistencia del Espíritu Santo, quien nos irá manifestando cuanto el Señor quiere realicemos y quien nos fortalecerá siempre en el cumplimiento de los mandatos divinos en toda circunstancia. Contamos también con   la compañía maternal de María, madre de la Iglesia, quien siempre nos hará presentes las palabras dirigidas a los servidores de las bodas de Caná de Galilea y perennemente nos invitará a hacer cuanto su amado Hijo nos diga. También, por medio del Evangelio que escuchamos, nos advierte el Señor, que el ser discípulos, no siempre será una tarea fácil. El caminar a su lado y el proponer sus verdades, en muchos casos nos hará blanco de incomprensiones, de persecuciones, de amenazas y rechazos, y, seguramente, hasta habrá quien pretenda quitarnos la vida pensando que así no solamente nos calla sino que incluso hace el bien a la humanidad. Esto último, lo vivió en carne propia el Apóstol San Pablo y lo han vivido millones de cristianos a lo largo de los siglos. Eso lo teníamos muy presentes el domingo pasado, cuando con gozo en el espíritu fuimos testigos de la exaltación a los altares de la santidad de San Oscar Arnulfo Romero, obispo mártir de la verdad de Jesucristo en nuestra América Latina. Su canonización nos anima y fortalece y nos enseña que no es la maldad la que triunfa, sino que es el amor el que siempre triunfará y hará que la verdad de Dios brille esplendorosamente. También a nosotros nos toca vivir y sentir en carne propia en el hoy de nuestra vida y particularmente en el difícil hoy de nuestro país, el acoso y el desprecio de quienes pretenden que callemos la verdad y de que seamos mensajeros de la esperanza en Jesucristo en un mejor porvenir para nuestro amado pueblo de Venezuela. Sin embargo, en estas circunstancias, Jesús nos anima, nos sostiene y fortalece, y nos invita a tener en cuenta que quien nos rechace, por predicar en su nombre y por decir la verdad, no nos rechaza a nosotros sino que le rechaza a él que es quien nos precede y envía, que es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Teniendo muy presentes estas verdades propuestas por el apóstol Pablo y, las promesas y advertencias del Señor, vengo a estar en medio de ustedes a lo largo del tiempo que dure la misión que el Santo Padre Francisco me encomienda al frente de la Administración Apostólica de esta importante porción de la Iglesia venezolana como lo es la Iglesia barquisimetana. La misión de enseñar que como Administrador Apostólico me corresponde en adelante, me llevará a empeñarme en el proponerles a Cristo como principio y fundamento de sus vidas y a invitarles a seguirle para que sus vidas tengan en él plenitud de sentido. Vengo pues en medio de ustedes, a hablar de Jesucristo Salvador y Redentor del mundo, a vivir la cercanía con Jesucristo empeñándome en ser cercano a cada uno de ustedes. Vengo a proponerles la alegría que es Cristo viviendo alegre en medio de   ustedes y con ustedes. Vengo a promover la esperanza que es Jesucristo, empeñándome en hacerles sentir que en el hoy de nuestra difícil vida, Cristo camina a nuestro lado y nos anima a no resignarnos a vivir este presente marcado por la carencia y la necesidad sino a ser constructores de un mejor futuro para Venezuela. Vengo a sembrar el bien como lo hizo Jesucristo pero; también a combatir y denunciar la maldad como lo hizo Jesucristo. Vengo pues en medio de ustedes, con los sentimientos y actitudes del buen pastor que es Jesucristo, vengo a impregnarme y a hacer mío el olor de este rebaño larense porque solo así podré ser para ustedes pastor y guía. Vengo, durante este tiempo, a hacer mías sus alegrías, sus gozos y sus esperanzas, pero también, a hacer mías sus tristezas, sus angustias y sus clamores de justicia. Si algo tengo presente también en la misión de enseñar que me corresponde en medio de ustedes, es el ejercicio del ministerio profético que como bautizado, como sacerdote y obispo me corresponde. Vengo pues en medio de ustedes, como centinela, a cuidar y a promover la fe de este pueblo, pero también a levantar mi voz en su favor, a ser voz de los que no tienen voz, a hacer míos sus clamores y sus reclamos y a que a través de mi voz sean escuchados por quienes han sido constituidos en autoridad. A denunciar cualquier violación o negación de los derechos fundamentales que como seres humanos les correspondan aunque eso me gane la aversión y el rechazo de quienes en ello se empeñen. Vengo también como ministro de la gracia divina, a poner a su disposición los medios que el Señor nos ha entregado para nuestra santificación. Como obispo que soy, me toca ser en medio de ustedes, ministro de los sacramentos, maestro de oración y modelo de vida creyente. Desde ya les invito a que oremos juntos y a que aprovechándonos de la gracia del Señor caminemos en y hacia la plenitud de la santidad. Vengo también a regir esta Iglesia con los sentimientos de Jesucristo que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida por todos. Asumo su gobierno durante este tiempo, con humildad y sencillez, consciente de mis limitaciones pero también confiado en que el Señor me concederá el espíritu de sabiduría necesario para poder afrontar los retos pastorales y humanos que el hoy y el día a día de esta Iglesia me demanden. Para ustedes -queridos sacerdotes del clero barquisimetano-, tengan la certeza de que seré un amigo, un hermano, pero sobre todas las cosas, un padre cercano, dispuesto a escucharles y a compartir sus anhelos, sus alegrías, sus deseos nobles, sus esperanzas, preocupaciones y tristezas. Con amor de padre, les guiaré y, cuando así lo exijan las circunstancias, también con amor de padre les corregiré y llamaré la atención. Una vez más  les  pido,  como  ya  lo  hacía  en  la  reunión  de  clero  del  pasado  09  de octubre,   asumamos todos con espíritu de corresponsabilidad, la misión que nos corresponde llevar adelante como guías y pastores del pueblo de Dios en este tiempo en el que él nos ha llamado a ejercer tan noble ministerio. También para ustedes hermanas y hermanos consagrados quiero ser un padre, un amigo y compañero. No duden en acudir a mí en cualquier circunstancia que consideren pueda serles de ayuda y apoyo. Les animo a que con alegría y plena disposición sigan aportándonos el testimonio de su santidad y apostolado. Que el Espíritu Santo les sostenga en el concretar en la historia lo que Dios quiso hacer en favor de la humanidad cuando inspiró a sus fundadores los carismas específicos en cuya vivencia hoy se empeña cada uno de ustedes. A ustedes, queridos agentes de pastoral, queridos miembros de los distintos movimientos de apostolado seglar, y pueblo de Dios en general, les hago saber desde ya que cuentan conmigo y que también para ustedes estaré siempre a disposición en este tiempo en el que estoy llamado a ser su pastor y guía. Trabajemos juntos siendo dóciles a las mociones del Espíritu Santo en la construcción del Reino de Jesús en este tiempo presente y para que así como nosotros hemos recibido el legado de quienes nos precedieron en la fe, también nosotros lo entreguemos integro a las futuras generaciones. Desde ya, les pido a todos el tenerme presente en sus oraciones. La misión de enseñar, santificar y gobernar dos iglesias locales que me ha sido confiada, no es una tarea fácil, sin embargo, tengo la certeza de la ayuda del Señor en el desarrollo de la misma y espero la oración de los pueblos yaracuyano y larense a fin que el mismo Señor me sostenga y acompañe a lo largo de este caminar. Ahora queridos hermanos, como colofón de estas palabras, permítanme dirigirme a la Divina Pastora de las almas, patrona de los larenses, para poner en sus manos y ante sus pies los frutos de esta misión que el Santo Padre me confía en medio de ustedes. A ti acudo hoy, madre amada del Divino Pastor, implorando tu protección y compañía en el desarrollo de este mandato apostólico. Sé mi guía y compañera, ayúdame en el ser dócil a cuanto tu amado Hijo me sugiera. Consígueme de Él, el espíritu de prudencia, de justicia, de templanza y don de mí mismo, que me permita guiar a este tu pueblo con magnanimidad, humildad, sencillez y entrega generosa. Como lo hice el 14 de enero pasado. Te pido, Madre amantísima, a tus pies, que mires a Venezuela con amor de madre y de pastora misericordiosa. Que vengas en nuestro auxilio en esta hora cada vez más difícil que atravesamos y con tu callado nos   guíes por las sendas que nos conduzcan a la plenitud del encuentro con tu hijo Jesucristo, a la paz y al sosiego. Por último, una vez más te pido desde lo más profundo de mi ser, que el próximo 14 de enero, vayas a Barquisimeto, sobre los hombros de un pueblo libre de opresión y de angustia, de un pueblo dispuesto a construir un país mejor en que el amor y los principios que tu Hijo amado nos enseñó sean los que nos permitan construir una sociedad más justa y humana en la que a Jesús se le reconozca en el rostro de cada hombre y en el que se le rinda honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.