Evangelio

Juan (3,16-18): Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesus.

Santo Padre

Receta para cuando estemos en momentos de oscuridad

 

VATICANO, 09 Jun. 17 / (ACI).- Rezar y tener paciencia. …para hacer frente a momentos difíciles y de oscuridad.

El Pontífice alertó además contra la vanidad que es una “belleza maquillada” que no dejar entrar en el corazón la “alegría que es de Dios”.

“Todos nosotros hemos pasado por momentos feos, fuertes; sabemos lo que se siente en un momento de oscuridad, en el momento de dolor, en el momento de las dificultades, lo sabemos”.

…en la vida hay momentos de “cruz” en los que es necesario “orar, tener paciencia y tener al menos un poco de esperanza”: se necesita evitar caer “en la vanidad” porque “siempre está el Señor” con nosotros.

“Pidamos la gracia de saber discernir qué sucede en los momentos feos de nuestra vida y como ir adelante, y qué ocurre en los momentos hermosos y no dejarnos engañar por la vanidad”.

 

Notas Pastorales – Domingo de Solemnidad de la Santísima Trinidad /A

SANTISIMA TRINIDAD

El hombre por su sola razón puede llegar al conocimiento de Dios, así lo revela La Sagrada Escritura En Romanos 1, 20- 21: “Pues si bien a él no lo podemos ver, lo contemplamos, por lo menos a través de sus obras, puesto que él es Eterno y Poderoso, y que es Dios. De modo que no tienen disculpas porque conocían a Dios y no lo han glorificado como le corresponde, ni le han dado gracia”. Existen grandes religiones antiguas que reconocen y adoran a un solo Dios, sin embargo no conocieron el misterio trinitario; por cuanto la revelación trinitaria, estaba reservada para la plenitud de los tiempos en Cristo.

Sólo por Jesucristo, hemos conocido, por la revelación el misterio de Dios: Uno y Trino.

EL PADRE

Jesús nos revela este misterio. Él proclama que ha sido enviado por el Padre (Juan 3, 17). Él habla constantemente del Padre en su oración y nos manda a que también nosotros le llamemos Padre: “cuando recen digan: Padre, santificado sea tu nombre” (Lucas 11, 2). Jesús se muestra obediente a su Padre: “No comprendieron que les hablaba de su Padre”. Jesús agregó: “cuando hayan levantado en alto al Hijo del Hombre entonces conocerán que Yo Soy y que nada hago por cuenta mía, solamente digo lo que el Padre me enseña. El que me envió está conmigo y no me deja nunca sólo, porque yo hago siempre lo que a Él le agrada (Juan 8, 27-29).

En fin la revelación del Padre, es evidente en el Nuevo Testamento. A ese Padre primera persona de la Santísima Trinidad, se le atribuye y realiza la creación del mundo, y del hombre, este como centro de esa creación.

EL HIJO

Cristo, el Hijo de Dios, el enviado, el Mesías, el Salvador, aquel que nació en Belén (Mateo 2, 1). Vivió en Nazareth, murió en la Cruz, resucitó al tercer día; ascendió a la derecha del Padre (Marcos 16, 19), se nos revela como Camino, Verdad y Vida. Él es quien nos envía al Espíritu Santo y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos, al final de los tiempos. Es la segunda persona de la Santísima Trinidad, a él teológicamente se le atribuye y realiza la redención de la humanidad. Él así lo restaura todo. En Él, se inicia el hombre nuevo.

EL ESPIRITU SANTO

Jesucristo, al final de su convivencia con los seres humanos en el tiempo les revela claramente, a la tercera persona trinitaria, al prometer a sus apóstoles el envío del Espíritu Santo: “pero si me voy, se los enviaré y cuando Él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, a la justicia y  al juicio… cuando venga Él, El Espíritu de la Verdad les guiará hasta la verdad completa…” (Juan 16, 7-13); y esta promesa, llega a la plenitud el día de Pentecostés.

Con la efusión del Espíritu Santo, sobre la Iglesia naciente. Así: “al llegar el día de Pentecostés… de repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento, impetuoso… quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (Hecho 2,1.4). al Espíritu Santo, tercera persona de la Santísima Trinidad; se le atribuye y realiza, la santificación de la Iglesia.

Una vez más, Cristo nos habla y revela el misterio trinitario en pleno al decirnos “me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra, vayan pues y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28, 18-19).

Por lo tanto en el día o en la noche, con fe sincera, agradecida y en espíritu de adoración digamos: “Gloria al Padre y al Hijo y al espíritu Santo, como eran en el principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos, amén”.

Mons. Antonio José López Castillo

Arzobispo de Barquisimeto.